05/01/2020

La casa Ronald McDonald de Barcelona da cobijo a quince familias con sus hijos en el hospital

Una operación tras otra. Cuatro, seis días en el hospital cada vez. Y mamá y papá, mamá y la abuela, o mamá o papá a secas se van como alma en pena a una habitación de hotel, de un piso de monjas o a un coche con un bocadillo y un botellín de agua que está tibia.

Ya comieron al mediodía en una cafetería. Duele todo, la espalda, las piernas. De estar sentados en las sillas de la sala de espera frente al quirófano o la UCI, o de la habitación, o de la consulta del médico, o de la trabajadora social. Horas y horas entre sentados y de pie en el mismo sitio.

“Así que llegar a una casa donde reposar, guardar tu comida en la nevera, cocinarte, charlar, lavarte la ropa y descansar a tu aire en la habitación, o incluso ver un rato la tele en una sala, aparta de la ecuación una gran dosis de problemas”, resume Pilar, madre de Francesca, 9 años y una gran experiencia hospitalaria en su haber.

Esa casa donde de verdad reposar está en Barcelona en el paseo de Vall d’Hebron, cerca del hospital infantil. La casa Ronald McDonald de Barcelona fue la primera de España de un proyecto internacional pensado para acoger a las familias de los niños hospitalizados. El alcalde Joan Clos cedió los terrenos y en el 2002 abrieron. Al principio sólo para familias de niños con cáncer, luego para todo tipo de enfermedades que arrastran a los padres y madres de una ciudad a otra, lejos de casa, a veces por unos días, a veces por meses. En años sucesivos abrieron las casas de Málaga, de València, y de Madrid.

“La fundación en España, filial de la nacida en Filadelfia en los años setenta, utiliza cada año 1,6 millones de euros para mantener las cuatro casas”, explica José A. García, director de la entidad. “Gran parte de esos fondos provienen de las huchas que los restaurantes McDonald’s ponen en el mostrador y de la entrega del 0,1% de sus ventas. Otra parte procede de las aportaciones de empresas y particulares y, a veces, administraciones. Y funcionamos con una legión de voluntarios y un número muy reducido de empleados”.

En la cocina de la casa de Barcelona hay neveras y armarios con un delfín, un pulpo, un elefante... Cada animal identifica a la familia. Aparece en la puerta de su habitación, en la lavadora adjudicada, en el armario de la cocina donde podrán poner sus compras, en la nevera reservada para ellos... La idea la dio uno de los niños hospitalizados. Mejor que los números o las letras.

Estel está a punto de volver por la casa donde ha pasado meses, días, semanas... Desde que sufrió un accidente de tráfico en junio del año pasado.

Volverá para nuevas pruebas en el hospital. El resto del tiempo corre por los pasillos, ríe a todas horas, juega al futbolín, a la pelota, al escondite.

Se hizo mucho daño en la cabeza en el accidente. “Al tercer día en el hospital le daban horas de vida”, explica Sònia, su madre. Ha hecho mucha rehabilitación, ha aprendido de nuevo a caminar y a hablar. Y ahora estudian la posibilidad de colocar una válvula para mejorar el drenaje cerebral y evitar los dolores de cabeza y los mareos. Cada niño y sus familias tienen un uso personal de la casa. Unos necesitan reposo, nada de ruido. Otros, clase, como Estel, que de lunes a viernes hacía terapia en el hospital y a las 11 volvía a la casa a dar clase con una profesora adscrita al hospital.

“Volvió a nacer. Empezó todo de nuevo: pañales, caminar, comer, beber. Y mientras pasaba todo esto me diagnosticaron una metástasis. Me ayudó mucho mi hija mayor, porque tenía que hacer quimio de 6 horas. Al explicar mi situación, me la dieron aquí, en el mismo hospital”, explica Sònia.

Quince familias coinciden en la casa. Cada una con su historia, Carmen Toledo, la directora, se ocupa de que el colchón donde se dejan caer cada día esté mullido. “Ella crea la atmósfera”, cuenta Sònia.

“Los voluntarios, yo lo fui mucho tiempo –explica Carmen Toledo–, mantienen las actividades de cada tarde: magos, visitas de futbolistas, salidas al zoo, música, cine... Sabemos que tener casa y familia cerca acelera la recuperación. Pero tenemos que evitar crear vínculos. No todos vuelven a sus casas”.

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